Es perfecto en su totalidad, tiene los ojos celestes más celestes que el poet bebé. Su pelo es rubio y desprolijo, muy rubio desde que nació, un baño de oro 24 kilates se desparramó por su cabeza. Sus hermosos gestos de expresión al sonreir, al hacer una mueca rara, al concentrarse y al hablarme. Sus zapatillas cancheras, de lona desgarrada. Híper bronceado sin desearlo, nunca me atrajo esa característica, pero me hace creerlo salvaje casi recién rescatado de la selva con ansias de ser domesticado. Su rústica forma de hablar, esa voz gruesa que me invita a fumar uno, como hace años solía hacerlo.
Anteanoche lo soñé en cada detalle minuciosamente, pero anoche como si un mal presagio me persiguiera para rechazar su amor que siquiera jamás me entregó en sueños (todavía) me hizo ver sus partes más oscuras; fueron tan negras que me desperté odiándolo. Claro que esa idea loca se me pasó en cuanto tomé el primer café con leche.
Una mirada perdida, tan azul, tan celeste que parecía ciego, una catarata que le impedía verme y no me costaba pensarlo en pocos años acompañado de un perro guía. Su delgadísimo pelo rubio gastado y maltratado, era tan triste su situación que en la parte más alta de su cabeza, el consumido crin prefirió dejar de crecer. En un rostro tan chamuscado por los efectos nocivos del sol, sus arrugas no hacían más echarle infinidad de años encima. Los párpados apenas tenían la fuerza para mantener los ojos descubiertos, en vano resultaban los litros de crema antiage y mi paciencia estaba a punto de perderse cuando los episodios carnales comenzaban a aflorar. Nunca dejó de fumar, casi no tenía voz y nada sexy resultaba el susurro de sus desabridas palabras de amor.
¿Está bueno enamorarse de un señor? ¿O a mi edad es mejor insistir con los chicos?
