martes, 6 de mayo de 2008

Berretalevante

Anoche fui al Village a ver una comedia simpática, Muerte en un funeral, no fue gran cosa, pero ideal para verla en cinecanal. El punto es que éramos seis personas en la sala, dos parejitas, un gran hermano rubio y yo. El gran hermano se sentía solo supongo, no era mi caso; acababa de comprarme en Cúspide un libro divino y lo estaba hojeando. ¡El blondo macho se me sentó al lado! Todavía faltaban diez minutos para que empezaran los avances y el solitario empezó a comentarme cosas como si sabía de qué se trataba la película, cómo había sido la crítica, la poca gente que había en la sala, etc. Yo asentía y respondía con monosílabos no demostrando el más mínimo interés en su persona. La película empezó y en las partes chistosas él se reía fuerte y a mi me daba demasiada vergüenza ajena. No podía evitar cada tanto mirarlo de reojo pensando si las parejitas lo reconocerían y llegaran a pensar que yo era su hermana o su nueva Claudia Giardone o alguna amiga o algo que tuviera que ver con él. Vestía pantalón de jean, campera de jean, arito en una oreja o en las dos, reflejos… (parecía un modelo horrible de Fiorucci o Reggae Jeans) La película terminó y como si el asiento me expulsara salí disparada, caminando me dijo como si tal cosa que él iba a estar el viernes en Sunset, que vaya, que “se re pone”. No entendí si él “estaría puesto” esa noche, o si Sunset “se pone bueno”. Le agradecí la invitación intentando esbozar una sonrisa y empezando a mover los pies cada vez más rápido, el gran hermano me detuvo en seco y con el mayor descaro emitió un: “¿Te alcanzo hasta tu casa?” Demasiado. Era muy fuerte. La frente me sudaba, e inmediatamente de mi boca salió algo así como: “Mirá, estoy apurada, tengo cosas importantes que hacer -y recordando las sabias palabras de Carolina Aguirre agregué- No quiero que alguien piense que te conozco.” Y como una Bridget Jones histérica no paré de dar zancadas hasta cruzar la calle y parar el primer taxi que pasó.